Y ENTONCES… EL MINDFULNESS LLEGÓ A MI VIDA

Hace relativamente poco tiempo (unos 3 meses) descubrí el Mindfulness; he de reconocer que no tenía ni idea de lo que era y sentía curiosidad, también era escéptica y me sorprendió gratamente. Su filosofía encajó perfectamente con mi forma de ver la vida (o más bien con cómo quiero vivirla): vivir el presente, siendo consciente de cada instante, de cada sensación o momento. Junto con la dimensión que llaman compasión; la bondad, tratarse bien a uno mismo, lo que implica cuidarse, quererse y aceptarse, así como  a los demás.

También me aportó una herramienta para “liberarme” de los pensamientos negativos, de las preocupaciones por el futuro o la rumiación del pasado.  Desde entonces intento aplicarlo cada día y me siento más tranquila y liberada;  si estoy triste no es que me ponga feliz de repente, simplemente me ayuda a aceptar esa tristeza, a observarla como lo que es y dejarla pasar, tomando una decisión más acertada (actuar a pesar de mi sensación desagradable) en lugar de quedarme apegada a ella, lamentándome de mi misma.

La atención plena en el momento actual, la observación (sin juzgar) de los eventos mentales (pensamientos y emociones, ya sean positivos o negativos) aceptando su transitoriedad, es una buena estrategia para lidiar con ellos.

La filosofía del Mindfulness, aplicada al día a día, ofrece una forma de vivir diferente, más plena y libre, sobre todo en esta sociedad donde vamos siempre con prisas, dejando pasar el presente, sin disfrutarlo, tan agobiados con “todo lo que tenemos que hacer” o “rayándonos” con lo que ya hemos hecho, cuestionándonos por ello, sin estar (casi) nunca satisfechos.

Nuestra suerte puede cambiar de la noche a la mañana, entonces: ¿Por qué esperar a que la vida nos de algún palo para empezar a darnos cuenta de que todo es temporal y a disfrutar de cada instante que vivimos?

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